
Hoy no tengo ganas de dedicarme a la filosofía barata (y los zapatos de goma ya los guardé, porque se acerca la primavera). Así que prefiero contar mi experiencia con los muñecos de cera ingleses.
El día había amanecido con un sol radiante, aunque fresco, y fui hacia Baker Street (North West).
En lugar de ir derecho, preferí meterme por las callecitas buscando el Sherlock Holmes Museum.
La calle por la que me metí resultó increíble, con casas estilo inglés (obvio) alucinantes. En una esquina había una pequeña iglesia de vaya a saber qué año (no lo encontré) y, en cruz, un tradicional “girl school”. Inmaculada y Euskal Echea parecen edificios de última generación al lado de eso.
Preguntando me indicaron una calle para ir al museo y ¿saben qué encontré? La casa de San Martín. ¡Sí, señores! La misma que mostraron Pergolini y Piña en “Algo habrán hecho”. Pero no pude entrar, porque el acceso era restringido y había que pedir autorización previa. Pero le saqué una foto.
Después fui a verlo a Sir Arthur Connan Doyle.
El museo de Sherlock Holmes es un lugar sobrecogedor. Al entrar hay un gran salón donde venden tolo lo imaginable sobre Sherlock y Watson, aunque la billetera tiembla de sólo mirar.
El salón era bellísimo. Estaba tapizado al mejor estilo inglés, con una enorme araña colgando en el centro. Después se entraba por una puerta labrada a un universo increíble. En primer lugar, en la entrada hay abrigos, capas, sombreros, pipas, lupas. Uno puede usar todo lo que quiera y vivir su propia historia de detectives.
El lugar es muy angosto. En el 1º piso están el dormitorio y el escritorio, uno tapizado en verde y el otro en rojo, con un gran hogar y ventanales que dan a Baker Street. Todo el museo está impregnado de un olor muy particular y es bastante escalofriante.
En ese piso había un hombre que parecía “Largo”, el de los Locos Adams, que se confundía con los muñecos de cera del piso superior, muy amable, que estaba ahí para solucionarte todos los problemas, sacarte fotos o explicarte lo que quisieras saber.
Después se accede al 2º piso, donde hay otras dos habitaciones, donde vivía el asistente de Sir Connan Doyle. No son tan bonitas como las anteriores.
Lo más terrible fue el 3º piso. Ahí había muñecos de cera representando diferentes crímenes. Debo confesarlo: me cagué en las patas. Yo estaba solita mi alma, y no me animaba a acercarme a las figuras. Quería sacar fotos, pero mi corazón era un caballo desbocado. Sea dicho de una buena vez: a los ingleses les encanta el morbo.
Por fin, en el 4º piso estaba el baño (como para llegar apurado de la calle…), bellísimo con sus sanitarios decorados… Y bajé a toda prisa.
Volví al salón principal con la ilusión de encontrar algún recuerdo al alcance de mi bien flaco monedero, pero no hubo caso. Pero no importa. ¡¡¡Volveré y seré libras esterlinas!!!
El día había amanecido con un sol radiante, aunque fresco, y fui hacia Baker Street (North West).
En lugar de ir derecho, preferí meterme por las callecitas buscando el Sherlock Holmes Museum.
La calle por la que me metí resultó increíble, con casas estilo inglés (obvio) alucinantes. En una esquina había una pequeña iglesia de vaya a saber qué año (no lo encontré) y, en cruz, un tradicional “girl school”. Inmaculada y Euskal Echea parecen edificios de última generación al lado de eso.
Preguntando me indicaron una calle para ir al museo y ¿saben qué encontré? La casa de San Martín. ¡Sí, señores! La misma que mostraron Pergolini y Piña en “Algo habrán hecho”. Pero no pude entrar, porque el acceso era restringido y había que pedir autorización previa. Pero le saqué una foto.
Después fui a verlo a Sir Arthur Connan Doyle.
El museo de Sherlock Holmes es un lugar sobrecogedor. Al entrar hay un gran salón donde venden tolo lo imaginable sobre Sherlock y Watson, aunque la billetera tiembla de sólo mirar.
El salón era bellísimo. Estaba tapizado al mejor estilo inglés, con una enorme araña colgando en el centro. Después se entraba por una puerta labrada a un universo increíble. En primer lugar, en la entrada hay abrigos, capas, sombreros, pipas, lupas. Uno puede usar todo lo que quiera y vivir su propia historia de detectives.
El lugar es muy angosto. En el 1º piso están el dormitorio y el escritorio, uno tapizado en verde y el otro en rojo, con un gran hogar y ventanales que dan a Baker Street. Todo el museo está impregnado de un olor muy particular y es bastante escalofriante.
En ese piso había un hombre que parecía “Largo”, el de los Locos Adams, que se confundía con los muñecos de cera del piso superior, muy amable, que estaba ahí para solucionarte todos los problemas, sacarte fotos o explicarte lo que quisieras saber.
Después se accede al 2º piso, donde hay otras dos habitaciones, donde vivía el asistente de Sir Connan Doyle. No son tan bonitas como las anteriores.
Lo más terrible fue el 3º piso. Ahí había muñecos de cera representando diferentes crímenes. Debo confesarlo: me cagué en las patas. Yo estaba solita mi alma, y no me animaba a acercarme a las figuras. Quería sacar fotos, pero mi corazón era un caballo desbocado. Sea dicho de una buena vez: a los ingleses les encanta el morbo.
Por fin, en el 4º piso estaba el baño (como para llegar apurado de la calle…), bellísimo con sus sanitarios decorados… Y bajé a toda prisa.
Volví al salón principal con la ilusión de encontrar algún recuerdo al alcance de mi bien flaco monedero, pero no hubo caso. Pero no importa. ¡¡¡Volveré y seré libras esterlinas!!!





