Siempre fui bastante desastrosa con la plata: Lo máximo que consigo es tener una vaga idea de cuánto puede haber en mi cartera.
Lo que ocurre es que siempre pensé que el dinero existe para circular, no para ser guardado en depósitos. Para hacer con él lo que nos haga felices, a nosotros y a los que nos rodean. Para gastarlo en vida: no me interesa ser el cadáver más rico del cementerio.
A veces voy poniendo vueltos desordenados en cualquier bolsillo y suelo pensar que lo perdí. Pero no deja de tener sus ventajas: en el momento más inesperado me encuentro unos cuantos morlacos a mi disposición con los que no contaba.
A pesar de lo dicho, suelo ser cuidadosa con mis consumisiones y pocas veces he gastado más de lo que tenía.
Pero soy capaz de gastar plata en comprar panchos para los chicos del hogar y después contar monedas para viajar. O hacerle un regalo a mis hijos o a un amigo sólo por placer, por el simple gusto de ver una sonrisa.
Lo malo es que soy bastante reacia a gastar en mí. Me produce un poco de culpa. Y no creo que esté bien. Porque a nadie le gustan los caminos de una sola dirección. Nadie quiere estar con alguien que sólo da pero no recibe nada. A la larga se sienten en deuda.
Tengo gente conocida que se queja de nunca haber ganado un peso. Pero tampoco invierte, ni se juega. No se puede ganar el Quini sin haber comprado un billete.
También los hay que despilfarran, y pretenden tener ganancias sin haber evaluado previamente los riesgos. Y se quejan de sus pérdidas.
A veces me quejo que las cosas me salen demasiado caras. Y así es: hago malas inversiones y pierdo plata.
Pero en otras circunstancias el diablo se pone de mi lado y, con algunas monedas apenas, consigo una bonificación nada despreciable.
Lo que sí tengo en claro es que el precio de nada es nada. Y como quiero todo, prefiero seguir invirtiendo.
Lo que ocurre es que siempre pensé que el dinero existe para circular, no para ser guardado en depósitos. Para hacer con él lo que nos haga felices, a nosotros y a los que nos rodean. Para gastarlo en vida: no me interesa ser el cadáver más rico del cementerio.
A veces voy poniendo vueltos desordenados en cualquier bolsillo y suelo pensar que lo perdí. Pero no deja de tener sus ventajas: en el momento más inesperado me encuentro unos cuantos morlacos a mi disposición con los que no contaba.
A pesar de lo dicho, suelo ser cuidadosa con mis consumisiones y pocas veces he gastado más de lo que tenía.
Pero soy capaz de gastar plata en comprar panchos para los chicos del hogar y después contar monedas para viajar. O hacerle un regalo a mis hijos o a un amigo sólo por placer, por el simple gusto de ver una sonrisa.
Lo malo es que soy bastante reacia a gastar en mí. Me produce un poco de culpa. Y no creo que esté bien. Porque a nadie le gustan los caminos de una sola dirección. Nadie quiere estar con alguien que sólo da pero no recibe nada. A la larga se sienten en deuda.
Tengo gente conocida que se queja de nunca haber ganado un peso. Pero tampoco invierte, ni se juega. No se puede ganar el Quini sin haber comprado un billete.
También los hay que despilfarran, y pretenden tener ganancias sin haber evaluado previamente los riesgos. Y se quejan de sus pérdidas.
A veces me quejo que las cosas me salen demasiado caras. Y así es: hago malas inversiones y pierdo plata.
Pero en otras circunstancias el diablo se pone de mi lado y, con algunas monedas apenas, consigo una bonificación nada despreciable.
Lo que sí tengo en claro es que el precio de nada es nada. Y como quiero todo, prefiero seguir invirtiendo.


