
En casa estoy pasando una situación delicada. Es por eso que mi ánimo está un poco alicaído y el estrés está haciendo de las suyas en mi organismo.
El sábado pasado (día de mi cumpleaños), me llamó mi amiga Sandra.
- ¿Qué vas a hacer hoy?, preguntó solícita.
- Nada… No tengo ganas de nada, me duele el estómago y se me parte la cabeza, contesté sinceramente.
- ¡Pero no te vas a quedar sola esta noche! Venite para casa y vamos a comer algo por ahí.
- No, Sandra, refuté. Ni loca me voy al centro con este auto de morondanga.
Media hora después volvía a llamar:
- Hablé con Patricia (que vive cerca de casa). Te pasa a buscar a las 9 y se vienen para acá. Después vemos qué hacemos.
Me fue imposible decir que no. Sin ganas, pero conciente que me haría mucho bien tomar un poco de aire fresco, me alisté para la salida.
Hacía un tiempo que no veía a Patricia. Así que el viaje fue la excusa perfecta para ponernos al día con los chismes y llorar un poco por las desgracias mutuas. Cualquier mujer sabe qué liberadores pueden ser esos momentos. Así que llegamos a lo de Sandra más livianas de tensión y con ánimo jacarandoso.
- Vamos al Golden, nos espetó Sandra sin anestesia. Ninguna de las tres había estado antes en ese lugar, y realmente sonaba como una alternativa divertida. Y hacia allá nos dirigimos.
Al llegar nos recibió un hombre muy simpático. Después de preguntarnos si era nuestra primera vez (en el Golden, obvio), nos informó que había dos tarifas, de acuerdo a la ubicación de la mesa. Como la diferencia no era mucha y el espectáculo que íbamos a presenciar ameritaba una buena visibilidad optamos por la más cara.
Cruzamos entonces una cortina negra, pesadísima, para encontrarnos con un lugar no demasiado grande, con poca luz. Nos recibió un muchacho vestido con pantalón negro y cuello y puños blancos que resaltaban con la luz negra, que nos acompañó hasta la mesa, excelentemente ubicada sobre una tarima. Empezamos bien.
A continuación se acercó otro hombre que se presentó y nos dijo que sería nuestro mozo, y a continuación nos tajo pizza, que sería libre.
Ahí me acordé de los estudios sociológicos de mi amigo Fabián y me apresté a hacer lo propio.
Mito Nº 1: “Las mujeres son unas desesperadas y se ponen como locas”.
Falso. Las mujeres SOMOS locas. No necesitamos estímulo para eso. Pero la verdad es que la mayoría (no hice un estudio pormenorizado) eran como nosotras: mujeres comunes con ganas de divertirse.
Un rato después un travesti que oficiaba de maestro de ceremonias inició el espectáculo.
Había 3 grandes grupos: las que festejaban despedidas de solteras, las cumpleañeras, y las que celebraban sus divorcios.
La “madama” nos nombró y nos hizo subir al escenario para recibir un piquito de dos adonis preparados para tal fin (y… sí. Yo subí. ¿O acaso no era mi cumple?).
En el primer cuadro (en realidad todos tenían la misma estructura) pasó entre el público “el fantasma de la Opera”, con todo y máscara. Subió aparatosamente al escenario donde bailó sensualmente. Se quitó la máscara, dejando al descubierto un bonito rostro. Continuó quitándose la camisa, y ahí la cosa se puso interesante: hombros anchos, brazos trabajados, pectorales marcados y abdominales como tabla de planchar. Siguió sacándose el pantalón, dejando como única vestimenta un slip cola-less naranja fluo. Cuando creíamos que el número había terminado, ¡voilà!, desapareció el slip.
El sábado pasado (día de mi cumpleaños), me llamó mi amiga Sandra.
- ¿Qué vas a hacer hoy?, preguntó solícita.
- Nada… No tengo ganas de nada, me duele el estómago y se me parte la cabeza, contesté sinceramente.
- ¡Pero no te vas a quedar sola esta noche! Venite para casa y vamos a comer algo por ahí.
- No, Sandra, refuté. Ni loca me voy al centro con este auto de morondanga.
Media hora después volvía a llamar:
- Hablé con Patricia (que vive cerca de casa). Te pasa a buscar a las 9 y se vienen para acá. Después vemos qué hacemos.
Me fue imposible decir que no. Sin ganas, pero conciente que me haría mucho bien tomar un poco de aire fresco, me alisté para la salida.
Hacía un tiempo que no veía a Patricia. Así que el viaje fue la excusa perfecta para ponernos al día con los chismes y llorar un poco por las desgracias mutuas. Cualquier mujer sabe qué liberadores pueden ser esos momentos. Así que llegamos a lo de Sandra más livianas de tensión y con ánimo jacarandoso.
- Vamos al Golden, nos espetó Sandra sin anestesia. Ninguna de las tres había estado antes en ese lugar, y realmente sonaba como una alternativa divertida. Y hacia allá nos dirigimos.
Al llegar nos recibió un hombre muy simpático. Después de preguntarnos si era nuestra primera vez (en el Golden, obvio), nos informó que había dos tarifas, de acuerdo a la ubicación de la mesa. Como la diferencia no era mucha y el espectáculo que íbamos a presenciar ameritaba una buena visibilidad optamos por la más cara.
Cruzamos entonces una cortina negra, pesadísima, para encontrarnos con un lugar no demasiado grande, con poca luz. Nos recibió un muchacho vestido con pantalón negro y cuello y puños blancos que resaltaban con la luz negra, que nos acompañó hasta la mesa, excelentemente ubicada sobre una tarima. Empezamos bien.
A continuación se acercó otro hombre que se presentó y nos dijo que sería nuestro mozo, y a continuación nos tajo pizza, que sería libre.
Ahí me acordé de los estudios sociológicos de mi amigo Fabián y me apresté a hacer lo propio.
Mito Nº 1: “Las mujeres son unas desesperadas y se ponen como locas”.
Falso. Las mujeres SOMOS locas. No necesitamos estímulo para eso. Pero la verdad es que la mayoría (no hice un estudio pormenorizado) eran como nosotras: mujeres comunes con ganas de divertirse.
Un rato después un travesti que oficiaba de maestro de ceremonias inició el espectáculo.
Había 3 grandes grupos: las que festejaban despedidas de solteras, las cumpleañeras, y las que celebraban sus divorcios.
La “madama” nos nombró y nos hizo subir al escenario para recibir un piquito de dos adonis preparados para tal fin (y… sí. Yo subí. ¿O acaso no era mi cumple?).
En el primer cuadro (en realidad todos tenían la misma estructura) pasó entre el público “el fantasma de la Opera”, con todo y máscara. Subió aparatosamente al escenario donde bailó sensualmente. Se quitó la máscara, dejando al descubierto un bonito rostro. Continuó quitándose la camisa, y ahí la cosa se puso interesante: hombros anchos, brazos trabajados, pectorales marcados y abdominales como tabla de planchar. Siguió sacándose el pantalón, dejando como única vestimenta un slip cola-less naranja fluo. Cuando creíamos que el número había terminado, ¡voilà!, desapareció el slip.
" ¡Es un burro!", comentó una de mis amigas (curiosamente la más versada en las lides amorosas) con los ojos desorbitados.
Yo asentí con la cabeza. Era la única forma de contestar, ya que mi mandíbula había caído estrepitosamente.
Después de sostener una tohalla con su miembro viril en un alarde acrobático, el caballero se retiró del escenario.
Mito Nº 2: "Las mujeres se tiran encima de los tipos para toquetearlos".
Falso. Cuando los actores pasan entre el público, las mujeres estiran los brazos y gritan, pero nada más. Ninguna pretendió más que eso.
Para no redundar, les cuento que a continuación pasaron marineros de uniforme, uno vestido de SWAT, otro que se duchó sensualmente en una tina, etc., y todos se desarrollaron y culminaron de la misma forma.
En los cuadros invitaban a subir a alguna dama del público, y hubo una mujer sesentona que se llevó todos los aplausos al engancharse muy divertida en una supuesta pose amatoria que no está en ningún libro del Kama Sutra.
Mito Nº 3: "Los tipos te agarran de la mano y te obligan a subir al escenario".
Falso. Los tipos te hacen una seña desde arriba y, si querés, subís.
Una vez finalizado el espectáculo, los bailarines que tenían sólo cuellos y puños se ataviaron con sensuales camisas rojas, los protagonistas se vistieron "de entre casa" y caminaron por el salón donde la mayoría de las señoras (y señoritas) aprovecharon para sacarse fotos abrazándolos, y se quedaron por ahí.
Y se armó la pachanga.
Entraron al salón los caballeros que esperaban afuera pacientemente. La mayoría (por no decir todos) eran jovencitos que esperaban encontrarse alguna veterana sedienta de amor fugaz, estimulada por la situación.
Nosotras estuvimos bailando unas tres horas, y después nos fuimos cantando bajito (literalmente, porque cuando salíamos Freddie Mercury entonaba "Don't stop me now").
De más está decir que fuimos a tomar un café y comentar los pormenores de lo que acabábamos de ver.
En mi opinión, fue una linda experiencia (sutilezas aparte). Es un lugar agradable, nos trataron excelentemente, la pizza estaba buenísima, y regocijamos nuestros ojos con bellísimos especímenes masculinos.
Y, para solaz de los señores con los que la naturaleza no ha sido tan benigna, ¡¡nosotras los preferimos más normales!!